Reforma Jueves 4 de Febrero de 1999
En este artículo, la escritora chilena opina que Augusto
Pinochet, aunque
nunca enfrente un tribunal, ha sido alcanzado ya por la justicia, que lo
coloca en la historia como el dictador que sembró en Chile una ola de
crimen, injusticia y miedo.
Isabel Allende
Hace muchos años, me preguntaron si planeaba escribir algún
día una novela
sobre Pinochet.
No, respondí, porque como personaje era insignificante.
Necesito retractarme de esa declaración: Uno puede decir cualquier cosa
sobre él excepto que es insignificante. El General ha mantenido a Chile
bajo su dominio durante 25 años y sigue siendo la figura más influyente en
el país. Una década después de renunciar a la presidencia, el viejo
dictador sigue teniendo como rehén al gobierno democrático.
Por ahora, el general también está cautivo. Se encuentra bajo arresto
domiciliario en una mansión de Londres, en espera de una decisión final
sobre una petición de extradición por parte del magistrado español Baltasar
Garzón, quien lo ha acusado de crímenes contra la humanidad -genocidio,
tortura y terrorismo- cometidos contra ciudadanos españoles en Chile.
La petición encendió un debate en la Gran Bretaña y Chile y en todo
Occidente sobre la sensatez e imparcialidad de llevar a juicio a ex
gobernantes por violaciones a los derechos humanos. En cuanto a Augusto
Pinochet, sin embargo, las cuestiones intelectuales son debatibles.
Al demandar al General, ensamblando un fuerte caso legal y emitiendo la
petición de extradición, Garzón ya ha logrado el benéfico resultado de la
ruina moral de Pinochet. En lo sucesivo, un hombre que tuvo la osadía de
hacerse pasar como salvador de su nación ocupará su lugar junto a Calígula
e Idi Amin. Aun cuando Pinochet nunca enfrente a un tribunal, se ha hecho
justicia.
Antes de 1973, nadie podía imaginarse una dictadura en Chile, una nación
tan orgullosa de sus instituciones democráticas que los chilenos nos
hacíamos llamar "los ingleses" del continente. ¿Cómo fue, entonces, que
este soldado, quien nunca se caracterizó por su inteligencia, cultura o
valentía, llegó a tener el poder absoluto?
Igual como en un momento crítico Adolfo Hitler personificó las
frustraciones y aspiraciones de millones de alemanes, Pinochet llevó a
Chile por un camino que muchos querían. Ni Hitler ni Pinochet pudieron
haber existido sin el consentimiento tácito o explícito de millones de
ciudadanos.
Durante mucho tiempo, Pinochet se ha mantenido como un símbolo de
brutalidad por la sencilla razón de que estuvo y siempre estará ligado a
Salvador Allende, un icono de la justicia social de principios de los 70.
Allende fue el primer político marxista del mundo en ganar la presidencia
de un país en una elección libre. En medio de la Guerra Fría, propuso "el
camino chileno hacia el socialismo", respetando la Constitución y todos los
derechos de los ciudadanos. Su sueño era construir el tipo de gobierno
social-demócrata que todos los países de Europa -excepto España e Irlanda-
tienen en la actualidad.
Salvador Allende era primo de mi padre. Lo conocí bien y lo amé con una
mezcla de admiración y ansiedad. Aunque era un hombre amable con buen
sentido del humor, siempre creí que era imposible cumplir con sus
estándares y expectativas.
Habiendo estudiado medicina, estaba bien familiarizado con las necesidades
de los pobres. Fue fundador del Partido Socialista y fue nombrado
secretario de salud cuando era muy joven.
En 1970, luego de tres intentos fallidos, Allende finalmente ganó la
presidencia en una elección sumamente dividida. Fue un presidente
minoritario, habiendo recibido sólo el 36 por ciento de los votos. Y aun
entonces, su coalición, la Unidad Popular, estaba conformada de varios
partidos que en raras ocasiones estaban completamente de acuerdo en algo.
Esto fue una debilidad política que acecharía a su presidencia.
Pero ése no fue el mayor problema. Inmediatamente después que se conocieron
los resultados de las elecciones, la Agencia Central de Inteligencia y la
derecha chilena iniciaron una campaña de terror para evitar que asumiera el
cargo.
Planearon el secuestro de René Schneider, el comandante en jefe de las
fuerzas armadas, a fin de provocar un golpe militar. Pero el complot salió
contraproducente, Schneider fue asesinado y Allende se convirtió en
presidente.
El gobierno nacionalizó los bancos, muchas industrias y las minas de cobre,
que representaban la principal fuente de ingresos del país y que estaban a
manos de capitalistas norteamericanos. En ese momento, la oposición,
respaldada por la CIA, emprendió una serie de acciones con la intención de
desestabilizar la economía. Para empeorar las cosas, el gobierno quedó
paralizado por las luchas de poder dentro de la Unidad Popular.
La consecuente crisis económica llegó a proporciones alarmantes. La tasa
inflacionaria se disparó al 350 por ciento en medio de todo tipo de
escasez, desde alimentos hasta refacciones para máquinas esenciales.
Obreros y agricultores respondieron tomando el control de fábricas y
granjas. Surgieron grupos armados de derecha e izquierda.
Notablemente, a pesar de este sombrío panorama, la Unidad Popular en
realidad incrementó su porcentaje de votos en las elecciones parlamentarias
de 1973. En vista de esto, la oposición decidió que la desestabilización,
económica, política y social no era suficiente para acabar con Allende. Se
necesitaban medidas más drásticas.
Con el país en conmoción, Salvador Allende decidió realizar un plebiscito.
Planeaba anunciarlo el 10 de septiembre, como se lo notificó a Pinochet
(para entonces jefe de las fuerzas armadas), pero el general le pidió que
lo pospusiera hasta el 12. El presidente no vivió para ver ese día.
El 11 de septiembre, se dio el golpe militar que dejaría una profunda
huella en el alma de Chile. Salvador Allende se suicidó en el palacio
presidencial que estaba envuelto en llamas.
Esa mañana, salí temprano de casa. Las calles estaban prácticamente vacías,
lo que me hizo pensar que los choferes de autobús estaban otra vez en
huelga. Luego vi vehículos militares, tanques y grupos de soldados
fuertemente armados. Cómo no tenía radio en el auto, fui a casa de una
amiga cercana para escuchar las noticias.
Ella estaba muy afligida: su esposo, un maestro, había ido a la escuela
donde impartía clases, y no tenía noticias de él. Para entonces todas las
estaciones de radio, con excepción de una, habían sido acalladas por el
ejército.
Me dirigí al centro para recoger a su esposo, y fue así como terminé siendo
testigo del bombazo del palacio de La Moneda. Escuché las últimas palabras
de mi tío en el radio portátil de mi amigo. Nos tomamos de la mano
llorando, mientras tranquilamente él se dirigía al país con un histórico
discurso que después sería transmitido y publicado en todo el mundo.
Habiendo declarado que nunca renunciaría a su cargo, se rehusó a huir del
país en un avión que le ofrecieron los generales. Fue la decisión correcta,
y no sólo porque su heroica muerte confirmó su lugar en la historia. Si
hubiera aceptado el ofrecimiento de irse al exilio, ahora sabemos que
Pinochet lo habría matado durante el vuelo.
"Mata a la perra y acabarás con la camada", había dicho.
Hasta poco antes del golpe, Pinochet era un desconocido general del
ejército. Había sido elevado al rango de comandante en jefe de las fuerzas
armadas por el mismo Allende apenas tres semanas antes, tras la renuncia
del general Carlos Prats, quien se vio presionado por la oposición. Prats
recomendó a Pinochet con Allende, diciendo que era un soldado leal, en
quien se podía confiar para defender la Constitución. (Prats, quien terminó
en el exilio en Argentina, a la larga fue asesinado por órdenes de Pinochet).
Pinochet fue el último en unirse a la insurrección después de los infantes
de marina, la fuerza aérea y la policía. La junta militar que pronto
comandaría anuló el Congreso, hizo callar a la prensa, suspendió las
garantías constitucionales e inició la eliminación sistemática de la
izquierda. La derecha brindaba con champaña mientras que los izquierdistas
corrían para salvar sus vidas y el resto de la población se quedaba sin habla.
Pinochet persiguió a líderes estudiantiles y laborales, políticos,
intelectuales, artistas y periodistas, así como a todos aquellos que
formaron parte del gobierno de la Unidad Popular. La peor represión fue
ejercida contra las clases bajas, por mucho tiempo consideradas por los
militares como el principal semillero del marxismo. El pueblo fue castigado
por haberse atrevido a desafiar a aquellos quienes siempre habían ostentado
el poder político y económico.
Miles de chilenos fueron arrestados, otros encontraron asilo en embajadas o
escaparon cruzando la frontera, mientras que muchos simplemente
desaparecieron. Se establecieron centros de torturas y campos de
concentración por todo el país. Cientos de prisioneros fueron lanzados al
mar desde aviones -después de abrirles el vientre para asegurarse que se
hundirían- o fueron hechos pedazos en explosiones o enterrados con bulldozers.
El miedo se convirtió en una forma de vida. Voces de protesta se levantaron
en casi todo el mundo porque el experimento socialista de Salvador Allende
había causado gran simpatía, pero Washington apoyaba la dictadura de Pinochet.
El General cambió la Constitución para designarse presidente. Su deseo de
legitimidad es una de las muchas paradojas de su carácter. En las primeras
fotografías, Pinochet lleva lentes oscuros y tiene los brazos cruzados a la
altura del pecho y la quijada hacia adelante en una imagen caricaturesca
del dictador latinoamericano. Después modificó su imagen, usando trajes
impecables y deshaciéndose de los siniestros lentes oscuros.
Hoy, a los 83 años de edad, Pinochet se ve como un padrino viejo y
colmilludo. Se declara a sí mismo "el defensor de la civilización cristiana
occidental", es ultraconservador en su política, nacionalista, como la
mayoría de los militares, y se considera un católico practicante, lo cual
aparentemente para él no parece ser una contradicción.
Su héroe es Napoleón, con quien le gusta ser comparado. Hay incluso una
Fundación Pinochet, dedicada a asegurar su lugar en la historia como el
Napoleón chileno quien salvó al país del comunismo, una tarea que algunos
pinochetistas afirman le fue asignada directamente por Dios. Si esto no es
realismo mágico, está bastante cerca de serlo.
Pinochet se caracteriza por su astucia. Es un error pensar que es un tonto,
como uno podría suponer al escuchar algunas de sus opiniones. (Cuando una
tumba masiva fue descubierta con dos cuerpos en cada ataúd, dijo que era
una buena forma de ahorrar clavos). Se rodeó de los ideólogos más
inteligentes de la derecha. Transformó la economía de Chile, cambiándola de
la democracia social al capitalismo de Milton Friedman, pero con poca de la
libertad prometida por la Escuela de Chicago.
Empresarios e inversionistas estaban en el paraíso. Disfrutaban los
beneficios del libre mercado, pero no tenían que tratar con sindicatos; los
trabajadores eran muchos, baratos y sumisos. El Estado aún intervenía en la
economía, pero siempre en favor de los capitalistas. La avaricia se
convirtió en una nueva religión. Casi todo fue privatizado, incluso
hospitales y escuelas públicas.
En conjunto, esto creó un auge económico y la base para un progreso
sostenido, lo cual es el principal argumento de quienes defienden a
Pinochet. Pero no pueden pasar por alto los costos sociales. Esta salvaje
revolución capitalista resultó a costa de los pobres, quienes se suponía
quedarían satisfechos con las migajas de los ricos. Para los más pobres de
los pobres, las migajas nunca llegaron. En la actualidad, una tercera parte
de los 15 millones de habitantes de Chile sigue viviendo en la pobreza.
La Constitución de Pinochet lo obligó a realizar un plebiscito en 1988 para
determinar si los chilenos querían extender su mandato por otros ocho años
o convocar a elecciones democráticas. Perdió y -hay que reconocerlo- aceptó
la decisión del pueblo. En 1990, Chile entró en una "transición a la
democracia" al elegir a un candidato demócrata-cristiano.
+Por qué hizo esto Pinochet? Sus partidarios nos hicieron creer que él
creía que su obra histórica estaba hecha, y que era momento de cederles los
tediosos detalles del gobernar a mortales menores.
De hecho, los vientos empezaban a soplar en su contra. Los generales de la
fuerza aérea y de la armada habían anunciado que aceptarían los resultados
del referéndum. Y con la Guerra Fría disminuyendo gradualmente, Estados
Unidos ya no apoyaba regímenes brutales en Latinoamérica.
Pero antes de ceder el mando, Pinochet se aseguró de cubrirse las espaldas
y de que el control siguiera en sus manos. Permaneció como comandante en
jefe de las fuerzas armadas hasta 1998, cuando se declaró senador
vitalicio. Nombró senadores para garantizar que la derecha controlara el
Congreso y evitar así que la Constitución que había impuesto en la nación
fuera cambiada. Una ley de amnistía le concedió impunidad por todos los
crímenes que cometió durante su cargo.
Los partidarios de Pinochet explican la tortura, los asesinatos y las
desapariciones como un mal necesario para prevenir una guerra civil en
1973. Eso es absurdo. Salvador Allende no tenía ni la intención ni la
capacidad para establecer una dictadura. Era profundamente democrático,
como lo demostraban todas sus acciones.
Las fuerzas armadas y el Congreso estaban en su contra, no contaba con el
apoyo de la mayoría y sus seguidores no eran combativos. La derecha aún no
comprendía que eran las fuerzas armadas -no Allende- quienes violaban la
Constitución e imponían una tiranía.
Chile aún no es una democracia completa. El gobierno, atrapado en una
controversia legal y diplomática y presionado por los militares, se
encuentra a sí mismo en la incómoda posición de tener que defender al ex
dictador sobre el fundamento de la soberanía.
Pero Pinochet no respetó la soberanía de otros países cuando ordenó el
asesinato de Orlando Letelier en Washington, y de Prats en Buenos Aires.
Tampoco se opuso a la abierta intervención de Estados Unidos en el golpe
militar de 1973.
Aunque pueden detestar al General, la mayoría de los chilenos sostiene que
no debe ser juzgado en un tribunal del extranjero por crímenes que cometió
en Chile. Consideran la intervención de España y de Gran Bretaña como
colonialista. ¿Cómo reaccionarían los estadounidenses si España demandara
la extradición de Henry Kissinger o de un ex director de la CIA para
someterlo a juicio por las mismas atrocidades por las que se acusa a Pinochet?
Hay un doble estándar obvio cuando se trata de las relaciones europeas y
norteamericanas con naciones menos poderosas. Por otra parte, no hay duda
de que Pinochet nunca podría ser juzgado en Chile. A pesar de la ley de
amnistía, hay 14 demandas en su contra pendientes en tribunales chilenos,
pero hay pocas posibilidades de que alguna vez enfrente a la justicia.
En Chile hay una gran cautela con respecto al General, quien aún cuenta con
el apoyo del 25 por ciento de la población. Entre ese grupo se encuentra
por lo menos el 80 por ciento de los ricos y todos los militares. Un clima
de histeria reina entre la ultraderecha. La prensa, controlada por la
derecha, afirma que la detención de Pinochet humilla a todos los chilenos.
De acuerdo con una reciente encuesta, sin embargo, al 70 por ciento de la
gente no le importa la suerte de Pinochet.
El General sigue siendo poderoso y temido. Las fuerzas militares siguen
ejerciendo presión, pero no existe un peligro real de un golpe.
Ciertamente, están ofendidos por el arresto de Pinochet, y no desean que se
realice una investigación en relación con los crímenes del pasado.
Pero dudo que levanten un solo rifle para defenderlo. Los generales jóvenes
no se sienten cómodos con el hecho de que se les identifique con la
dictadura; en un mundo que aspira a la justicia global, quizá crean que es
tiempo de limpiar su imagen.
La derecha, sin embargo, está capitalizando la situación, polarizando la
nación en un esfuerzo por romper la coalición de partidos democráticos que
ha gobernado durante una década.
Paradójicamente, las fuerzas social-demócratas son las que corren más
peligro por el caso Pinochet, porque las facciones más conservadoras
podrían verse tentadas a romper filas y alinearse con la derecha. Por lo
tanto, a la izquierda le interesa que el General regrese con seguridad a
Chile.
En Santiago, a principios de diciembre, justo antes de que el Ministerio
del Interior de la Gran Bretaña accediera a permitir la extradición, el
ambiente era tenso. Cuando resultó claro que Pinochet no regresaría pronto,
hubo una sensación de alivio y la nube de miedo empezó a disiparse. La
gente hablaba abiertamente en las calles.
En los programas de televisión, Pinochet ya no era llamado "el senador
vitalicio", sino "el ex dictador". Políticos de izquierda y víctimas de
abusos a los derechos humanos aparecían diariamente en televisión
expresando sus opiniones.
Pero no me malinterpreten, el miedo sigue imperando en Chile; 17 años de
terror dejaron huella. Mi país está traumado, al igual que un niño
maltratado que siempre está esperando el siguiente golpe. La derecha tiene
miedo de perder sus privilegios, y con buena razón.
Si Pinochet es destruido, el dique que lo ha protegido durante un cuarto de
siglo se reventará. La izquierda le teme a la posibilidad de otro golpe y a
la horrible represión del pasado. El gobierno le teme a las fuerzas
militares y a una polarización que traería disturbios e inestabilidad. Y el
resto del pueblo le teme a la verdad.
Durante años, los chilenos han vivido en una paz frágil basada en el
silencio y la prudencia, pocos desean la confrontación. Por miedo hemos
ocultado los recuerdos debajo del tapete. Le tememos a las palabras,
tenemos miedo de llamarle a las cosas por su nombre, andamos de puntitas,
hablamos con eufemismos, nos tratamos unos a otros con cautela y
desconfianza. Esa es la herencia de este afligido patriarca: una nación con
miedo.
Aunque aún tenemos un largo camino por recorrer, es refrescante ver el
inicio del fin del reino del miedo.
No siento odio por Pinochet. El odio es una carga muy pesada, una que me
quité de encima hace muchos años, cuando empecé a escribir. El escribir me
ha permitido exorcizar la mayoría de mis demonios y transformar mi dolor en
fuerza. Me gustaría verlo enfrentar un juicio, para que quede completamente
expuesta la verdad sobre sus crímenes.
Pero no deseo que el General se pudra en la cárcel, como sucedió con muchas
de sus víctimas. Ya ha sufrido una derrota innegable que nada hará que
pueda convertirse en victoria.
Aun sin un juicio, a la vista del mundo es un supuesto criminal, y la
censura moral puede ser peor que la prisión. Simplemente deseo que en el
invierno de su vida el General pida el perdón de todos aquellos cuya vida
destrozó, las familias de los muertos y desaparecidos, los exiliados y los
torturados; que revele dónde pueden encontrarse los cuerpos de sus víctimas.
Sólo entonces, con el reconocimiento de errores pasados, empezará una
verdadera reconciliación entre los chilenos.
Isabel Allende, escritora chilena, es autora de La casa de los
espíritus y
De amor y sombra.
Traducción: REFORMA/Patricia González