Estimados
amigos, Ayer mandé al diario El Pais de España una carta argumentando que se dé curso a
la extradicion de Pinochet. Quizá la publiquen esta semana.
La última resolución de los lores, que el ex dictador goza
de inmunidad hasta 1988, y que, en consecuencia, pudiese ser extraditado a España por
crímenes cometidos a partir de dicha fecha, parece, ciertamente, salomónica: puede ser
juzgado por sus crímenes, pero no hay causas judiciales concretas suficientes para
procesarlo a partir de 1988, excepto algunos casos. En el caso de Pinochet, sin embargo,
conocido por un extenso prontuario de secuestros, detenciones ilegales, maltratos y
torturas, asesinatos y desapariciones de dos a tres millares de personas, un solo caso es
más de lo que pudiese ser aceptable o comprensible. En el caso de Pinochet, porque
después de todas las investigaciones que se han hecho, a nadie podrá caber duda de su
responsabilidad y culpabilidad, de tal manera que los casos por los que puede ser
inculpado pueden llegar a transformarse en símbolo de todos los torturados y asesinados
durante su dictadura. Y, si no es posible otra cosa, es bueno que sea así. Que la ley
admita su juzgamiento por sólo pocos casos, no oblitera frente al mundo, y menos frente a
los jueces, su responsabilidad en los innumerables crímenes cometidos durante la
dictadura militar.
Causaría tristeza y confusión que el ministro Straw decidiese no dar lugar a su
extradición a España. Tristeza, porque demostraría que Inglaterra no puede ver aún la
necesidad y urgencia de introducir efectivamente la justicia internacional en este mundo
de hoy, y confusión porque se nos hizo creer que era posible. No es aceptable, y menos
políticamente, que el ministro ceda a argumentaciones destinadas a que tome en cuenta
nociones humanitarias que, como sabrá de sobra, el general no merece. Pero esta
resolución es importante y puede serlo más aun si el ministro accede a su extradición.
El señor Pinochet no sufrirá los malestares de una prisión porque en España no será
posible provocarle tales malestares debido a que supera los 75 años. Lo más humanitario
sería en este caso - sobre todo si se tomase en cuenta los legítimos sentimientos y
anhelos de justicia de los familiares de las víctimas -, extraditarle, aún si se trata
de sólo' unos pocos casos. En el terreno político, semejante decisión sería
también de, probablemente, grandes y positivas consecuencias para la transición chilena.
Desde que el general fue retenido en Londres, muchos chilenos han expresado su
anhelo de concluir lo relativo a las violaciones de los derechos humanos en Chile en el
marco de un plan genuino de justicia y reconciliación. Ni los militares, ni el gobierno
chileno, ni las fuerzas de la izquierda tradicional del país - contra la mayoría d e los
ciudadanos - han creído urgente la labor de postular un nuevo acuerdo sobre la
transición. Y el gobierno, a través de su ministro de Exteriores, del senado, y de su
propio presidente (Frei), han sido incapaces, por transparentemente inconsistentes y
ambiguos, de convencer al mundo que en Chile se pueda juzgar al ex dictador. El tiempo que
Pinochet permanezca fuera de su país, es el tiempo que los demócratas chilenos necesitan
para convencer a los militares y a la clase política de la necesidad de una nueva
plataforma de transición democrática, donde no sólo de tome en cuenta, como postulan
algunos políticos, los más graves crímenes del régimen militar, sino, aparte la
necesidad de justicia, las reformas políticas y constitucionales necesarias para arribar
a una democracia seria, genuina y legítima. Si Pinochet volviese a Chile, es probable que
nada de esto ocurra y que, al contrario, los rasgos autoritarios del régimen actual se
acentúen aun más, por la simple y lamentablemente humana razón de que interpretarán el
regreso del dictador como una victoria.
Esto no debiese ocurrir. Es necesario presionar a esos grupos (de derecha y
gubernamentales) para resolver los problemas que tiene el país en ese terreno. Si
efectivamente esos grupos accediesen seriamente a negociar, España, Inglaterra y la
comunidad internacional pudiesen tornarse políticos y admitir que tenemos un sistema
judicial capaz de llevar a juicio al ex dictador; así solucionaríamos nuestros problemas
y la incomodidad europea. Pero mientras esa voluntad y capacidad no se demuestre, los
chilenos necesitamos el apoyo de la comunidad internacional. En este momento, y quizá a
pesar del último veredicto de los lores, en Chile se permanece siendo reacio a discutir
las frágiles bases de la actual democracia. Mientras ocurra, mientras la clase política
transforme - por virtud o necesidad - la problemática de los derechos humanos en una de
vagos conceptos sobre la soberanía, necesitaremos el sostén de toda gente de buena
voluntad para proporcionarnos una solución digna y buena para la sociedad chilena en su
conjunto.
Ojalá que las autoridades británicas, el ministro de Exteriores en primer lugar,
entienda la gravedad de la situación chilena. Ahora necesitamos algo de tiempo.
Edmundo Magaña
Amsterdam |