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Oorlog - No a la Guerra
Símbolos, por Eduardo Galeano
Símbolos
18 de octubre del 2001
La
Jornada
Negocio.
"Esta guerra será larga", ha anunciado el presidente del planeta.
Mala noticia para los civiles que están muriendo y morirán, excelente
noticia para los fabricantes de armas.
No importa
que las guerras sean eficaces. Lo que importa es que sean lucrativas. Desde
el 11 de septiembre las acciones de General Dynamics, Lockheed, Northrop
Grumman, Raytheon y otras empresas de la industria bélica han subido en línea
recta en Wall Street. La bolsa las ama.
Como ya
ocurrió durante los bombardeos de Irak y de Yugoslavia, la televisión rara
vez muestra a las víctimas: está ocupada exhibiendo la pasarela de los
nuevos modelos de armas. En la era del mercado, la guerra no es una
tragedia, sino una feria internacional. Los fabricantes de armas necesitan
guerras, como los fabricantes de abrigos necesitan inviernos.
Hollywood. La
realidad imita al cine: todo estalla, los niños reciben misiles de la película
Atlantis en la cajita feliz de McDonald's, y es cada vez más difícil
distinguir entre la sangre y el ketchup.
Ahora el Pentágono
ha encargado a algunos guionistas de cine y expertos en efectos especiales,
que ayuden a adivinar los nuevos objetivos terroristas y que también
imaginen la manera de defenderse. Según la revista Variety, uno de los que
está en eso es el guionista de Duro de matar.
Vestuario. En
una de sus imágenes más difundidas, el duro de matar Osama Bin Laden lleva
turbante, pero tiene puesta una casaca de fajina del ejército de Estados
Unidos, y en la muñeca luce un reloj Timex, made in USA.
Él también
es made in USA, como los demás fundamentalistas islámicos que la CIA
reclutó y armó, desde 40 países, contra el comunismo ateo en Afganistán.
Cuando Estados Unidos celebró su victoria en aquella guerra, la presidenta
de Pakistán, Benazir Bhutto, advirtió en vano a Bush padre: "ustedes
han creado un monstruo, como el doctor Frankenstein".
Y se ha
comprobado, una vez más, que los cuervos arrancan los ojos de quien los cría.
Pero el sponsor los sigue utilizando. Ahora, los fanáticos le sirven de
coartada perfecta, para hacer la guerra contra quien quiera y como quiera y
para consolidar su dominio universal. Y también para dar explicaciones
indiscutibles. Durante el mes de septiembre, las empresas estadounidenses
dejaron en la calle a 200 mil trabajadores: "llámenlos los números de
Bin Laden", sentenció la secretaria de Trabajo, Elaine Chao.
Un par de
semanas antes de que se derrumbaran las torres, se estaba derrumbando la
economía mundial, y la revista The Economist aconsejaba a sus lectores:
"consíganse un paracaídas". Desde que pasó lo que pasó, quien
no consiga un paracaídas puede encontrar, al menos, un culpable fabricado a
medida.
Pánico. La
humanidad entera está sintiendo los síntomas del ataque del ántrax,
chuchos, dolores de cabeza, esa mancha en la piel que parece moretón...
Todos tenemos miedo de abrir las cartas, y no porque contengan alguna
impagable cuenta de impuestos o de luz, o la fatal noticia de que lamentamos
comunicarle que hemos resuelto prescindir de sus servicios.
Los militares
de Ucrania estaban de maniobras, cuando un misil SA-5 derribó un avión de
pasajeros y mató a 78 personas. ¿Fue por error o porque los misiles
inteligentes sabían que los aviones de pasajeros son armas enemigas? Los
misiles inteligentes, ¿atacarán ahora las oficinas de correos?
Armas. Un
portaviones estadounidense, el Nimitz, estuvo por un día en aguas
uruguayas. La visita me preocupó, porque en mi barrio hay un edificio que
tiene todo el aspecto de una mezquita, y con los misiles inteligentes nunca
se sabe.
Afortunadamente,
no pasó nada. O casi nada: unos cuantos políticos uruguayos fueron
invitados a conocer el portaviones, flotante ciudad de la muerte, y casi se
matan. El avión que los llevaba aterrizó mal y quedó con un ala en el
agua.
Gracias a la
visita, nos enteramos de que este portaviones ha costado 4 mil 500 millones
de dólares. Según los cálculos de Unicef y de otros organismos de
Naciones Unidas, con tres portaviones como el Nimitz se podría dar comida y
remedios, durante un año, a todos los niños hambrientos y enfermos del
mundo, que están muriendo a un ritmo de 36 mil por día.
Mano de obra.
No sólo el terrorismo islámico tiene sus "durmientes": también
el terrorismo de Estado. Uno de los protagonistas del Plan Cóndor en los años
de las dictaduras militares en América del Sur, el coronel uruguayo Manuel
Cordero, ha declarado que la guerra sucia "es la única manera" de
combatir al terrorismo, y que son necesarios los secuestros, las torturas,
los asesinatos y las desapariciones. Él tiene experiencia y ofrece su mano
de obra.
El coronel
dice que escuchó los discursos del presidente Bush, y que así será la
tercera guerra mundial que está anunciando. Lamentablemente, escuchó bien.
Antecedentes.
Como el coronel, también el embajador tiene experiencia. John Negroponte,
representante estadounidense en las Naciones Unidas, amenaza con llevar la
guerra "a otros países", y sabe de qué habla.
Hace unos años,
él llevó la guerra a América Central. Negroponte fue el padrino del
terrorismo de los contras en Nicaragua y de los paramilitares en Honduras.
Reagan, el presidente de entonces, decía lo mismo que ahora dicen el
presidente Bush y su enemigo Bin Laden: vale todo.
Víctimas.
Esta nueva guerra, ¿se hace contra la dictadura talibán o contra el pueblo
que la padece? ¿Cuántos civiles asesinarán los bombardeos?
Cuatro
afganos, que trabajan para Naciones Unidas, fueron los primeros "daños
colaterales" de los que se tuvo noticia. Todo un símbolo: ellos se
dedicaban a desenterrar minas.
Afganistán
es el país más minado del mundo. Bajo el suelo hay 10 millones de minas
listas para matar o mutilar a quien las pise. Muchas fueron plantadas por
los rusos, cuando la invasión, y muchas fueron plantadas contra los rusos,
por donación del gobierno de Estados Unidos a los guerreros de Alá.
Afganistán
nunca ha aceptado el acuerdo internacional que prohíbe las minas
antipersonas. Estados Unidos, tampoco. Y ahora las caravanas de los
fugitivos intentan escapar, a pie o en burro, de los misiles que llueven
desde el cielo y de las minas que estallan desde la tierra.
Desgarros.
Rigoberta Menchú, hija del pueblo maya, que es un pueblo de tejedores,
advierte que estamos "con la esperanza en un hilo".
Y así es. En
un hilo. En el manicomio global, entre un señor que se cree Mahoma y otro
señor que se cree Buffalo Bill, entre el terrorismo de los atentados y el
terrorismo de la guerra, la violencia nos está destejiendo.
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