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Oorlog - No a la Guerra
Entrevista con Rigoberta Menchú Tum, El Siglo
4 de noviembre del 2001
Entrevista a Rigoberta
Menchú Tum
La doble moral de Estados Unidos
El Siglo
En medio de
su visita a EE.UU., donde entre otras cosas junto a los Premios Nobel de la
Paz Mairead Coorigan Maguire y Adolfo Pérez Esquivel se entrevistó en la
ONU con el actual Presidente de la Asamblea General, el Presidente del
Consejo de Seguridad y el Secretario General, Kofi Annan, para protestar por
la agresión contra Afganistán, entrevistamos a la Premio Nobel de la Paz y
Embajadora de Buena Voluntad para la Cultura de Paz-UNESCO, Rigoberta Menchú
Tum.
-¿Qué opinión
tiene sobre los atentados terroristas cometidos en Estados Unidos y sobre el
marco mundial en el que ocurren?
Desde el
primer momento he condenado enérgicamente esos actos criminales. Nadie
puede justificar, por ningún motivo, la matanza indiscriminada de civiles
indefensos. Ninguna causa o bandera puede validar el uso del terror asesino
en contra de mujeres, hombres y niños. Por ello expresé inmediatamente mi
solidaridad con las víctimas e hice mío el dolor de sus familiares. Yo no
soy una observadora imparcial, soy sobreviviente del terrorismo y por eso
mismo mi actitud de condena es tan categórica. También por ello exijo que
los Estados y las sociedades civiles en el mundo nos opongamos
definitivamente a cualquier forma de terrorismo, ya sea que provenga de
grupos particulares o de los propios Estados.
Lo que no se
vale es la hipocresía y la doble moral de quienes condenan una forma de
terrorismo, al mismo tiempo que tratan de justificar el terror de los
Estados. Me duelen en el alma las más de 6 mil víctimas civiles de Nueva
York, porque son tan dignas e inocentes como las más de 300 mil víctimas
del terrorismo de Estado en América Latina. Tanta solidaridad merecen esos
miles de ciudadanos estadounidenses, como las decenas de miles de hombres y
mujeres latinoamericanos que un día fueron detenidos arbitrariamente por
fuerzas estatales y que nunca jamás regresaron a sus casas con sus
familias.
El terrorismo
ejercido por los gobiernos militares en mi país me arrebató a mi padre, mi
madre, mis hermanos Víctor y Patrocinio y a mi cuñada María. Y ellos son
tan sólo una parte de las más de 200 mil víctimas del genocidio cometido
en Guatemala. Por eso ofende nuestra dignidad que, quien se cree el
presidente del planeta, nos diga: "Están con nosotros o están con los
terroristas". Las altas autoridades de los EE.UU. pretenden ignorar que
ellos mismos entrenaron, armaron, financiaron y alentaron a las mentes
enfermas que hoy se les revierten; intentan ocultar que los genocidios
cometidos en la segunda mitad del siglo XX en América Latina y en otras
regiones del mundo, contaron en la mayoría de los casos con la aprobación,
el respaldo y la asesoría de Washington.
Por esas
razones, junto a miles de mujeres y hombres en el mundo, exijo con firmeza
que los responsables de esos crímenes contra la humanidad sean
identificados, perseguidos judicialmente y juzgados de acuerdo con las leyes
nacionales e internacionales. No importa que se llamen Osama Bin Laden o
Henry Kissinger. Lo más importante es que esos delitos de lesa humanidad no
queden en la impunidad; que se imponga el camino de las leyes, el camino del
Derecho. Una y otra vez he rechazado y condenado la pretensión de que la
venganza prevalezca sobre la justicia. No puedo aceptar que el Gobierno de
los EE.UU. y los otros gobiernos que se someten a sus dictados, pretendan
hacer retroceder a la humanidad a la ley del ojo por ojo. Hasta el día
anterior a los atentados terroristas en Nueva York y Washington, varios
gobiernos y algunos de los grandes medios de comunicación en el mundo nos
criticaban por buscar juicio y castigo contra los responsables del genocidio
y el terror desde los Estados; nos acusaban de estar buscando venganza y nos
exigían optar por el perdón y el olvido. Ahora, ellos invocan un supuesto
derecho a la venganza, pasando por encima de cualquier principio o mecanismo
jurídico.
-¿Cuál es
su posición frente a lo que está ocurriendo hoy en Afganistán?
Con toda la
fuerza de nuestro espíritu, desde los cuatro puntos cardinales del planeta,
miles de personas que amamos profundamente la paz intentamos evitar esa
guerra. Nos dirigimos al Presidente Bush y a los demás líderes para
llamarlos a la cordura. Pero todo fue en vano. La agresión más absurda y
criminal se ha desatado contra un pueblo inocente que durante décadas, sin
calma, sin tregua, ha sufrido las peores agresiones, las intervenciones
extranjeras y la represión. Un pueblo campesino azotado por la guerra
impuesta, el hambre y las catástrofes naturales.
Estamos ahora
frente a la injusticia incalificable de que las naciones más ricas y
poderosas del mundo han unido su más alta tecnología y su maquinaria de
muerte para atacar a uno de los pueblos más pobres de la tierra. Ofende la
inteligencia de quienes en el mundo pensamos con nuestra propia cabeza, que
EE.UU. y las grandes potencias pretendan hacernos creer que, para perseguir
a un grupo de terroristas, se justifica arrasar aldeas completas, atacar a
la población civil en las ciudades y destruir edificios como el de las
Naciones Unidas o la Cruz Roja Internacional en Kabul.
Al pretender
responder al terror de grupos fanáticos con el gigantesco terror
institucional de los Estados más poderosos, se le está imponiendo a la
humanidad una lógica perversa. La brutal agresión contra el pueblo de
Afganistán, que viola toda legalidad internacional, no la justifica nada.
Nadie,
absolutamente nadie que actúe con cordura y sensatez puede defender la
agresión militar contra este pueblo como un acto de justicia. Menos aun se
puede pretender que con esos actos de guerra se estén creando las
condiciones para que surja ahí un régimen democrático.
-¿Qué
acciones ha desarrollado para llevar adelante esta postura contraria a la
guerra?
Ya me referí
a la postura que hice pública el mismo día de los atentados en los EE.UU.
y a la carta que dirigí al Presidente Bush. El lunes 8 de octubre, unas
horas después de iniciados los bombardeos sobre Afganistán, una delegación
integrada por la Premio Nobel irlandesa Mairead Coorigan Maguire, el Premio
Nobel argentino Adolfo Pérez Esquivel y mi persona, nos hicimos presentes
en Nueva York para entrevistarnos en la ONU con el actual Presidente de la
Asamblea General, el Presidente del Consejo de Seguridad y el Secretario
General, el señor Kofi Annan. En cada una de esas reuniones expresamos
nuestro rechazo a la agresión militar que se había iniciado, con la
convicción de que la violencia no se combatirá con más violencia.
Demandamos la defensa y el respeto al orden jurídico internacional
establecido para garantizar la convivencia entre las naciones.
Junto a
varios Premios Nobel de la Paz, estamos preparando un encuentro de
personalidades con representación y reconocimiento a nivel mundial para
reiterar y reforzar la exigencia a favor de la paz. Buscamos que nuestro
llamado a la cordura encuentre eco en los parlamentos y en otras esferas de
decisión política, que sean capaces de oponerse a quienes se han
subordinado incondicionalmente a los grandes intereses económicos, políticos
y militares que están arrastrando al mundo a la locura de la guerra. Este
encuentro probablemente se realizará en la Ciudad de Madrid, España, en
los primeros días de diciembre.
En estos días
he estado recorriendo varias ciudades de los EE.UU. para reunirme con
universitarios, gente de iglesia y otros grupos ciudadanos, acompañándolos
en sus esfuerzos por la paz y estimulando su determinación de oponerse a la
guerra. Estoy convencida de que del seno del propio pueblo estadounidense
saldrán las mejores contribuciones a favor de la paz y emergerán los
movimientos más efectivos contra el guerrerismo que hoy se ha impuesto en
el mundo.
-¿Cuál es
en estos momentos su relación con Chile?
He tenido
pendiente estar presente en Chile para expresar mi solidaridad e
identificación con los miles de mujeres y hombres que en ese querido país
luchan por la justicia y en contra de la impunidad. He seguido con sumo
interés y admiración la perseverancia y la tenacidad de quienes se negaron
y se niegan a dejar en la indignidad del olvido a las miles de víctimas del
terrorismo de Estado. A mucha gente en todo el mundo nos inspiró la valentía
y la determinación de quienes, a pesar de las amenazas y los peligros, se
atrevieron a presentar las primeras querellas judiciales en contra de
Pinochet y otros responsables de los más graves crímenes contra la
humanidad. Admiro a los sobrevivientes y a los familiares de las víctimas
que escogieron el camino de la justicia y se convirtieron en acusadores ante
los tribunales; valoro a los abogados que se pusieron al frente de esas
causas y las han conducido de manera ejemplar; respeto enormemente a los
jueces que no han cedido a las presiones y están cumpliendo con la ley para
devolvernos, poco a poco, la confianza en el sistema de justicia.
He dicho
muchas veces que el día que Pinochet fue detenido en Londres y se inició
el proceso para extraditarlo a España, nació una esperanza de justicia
para mí y para miles de víctimas del terror de los Estados. Por primera
vez vi, de manera concreta, la posibilidad de llevar ante cualquier tribunal
del mundo a los responsables de la muerte de más de 200 mil de mis hermanos
guatemaltecos, de ver juzgados de conformidad con el Derecho a los autores
de los delitos de lesa humanidad cometidos en Guatemala, a los grandes
responsables de más de 45 mil casos de desaparición forzada, de haber
ordenado más de 600 masacres en comunidades indígenas, de haber borrado
del mapa más de 400 aldeas campesinas, en fin, de haber cometido genocidio
en contra del pueblo Maya.
Esa opción
por el camino de la justicia y la vía del Derecho, me llevó a iniciar en
diciembre de 1999 una querella ante los tribunales de la Audiencia Nacional
de España en contra de los altos jefes militares y civiles, responsables de
los delitos de genocidio, terrorismo de Estado y tortura cometidos en mi
Guatemala.
Ese mismo
voto de confianza en que algún día terminará la impunidad y funcionarán
libremente los sistemas de justicia, nos llevó, a la Fundación que presido
y a mí, a constituirnos como querellantes ante los tribunales chilenos en
contra de los principales responsables de la "Operación Cóndor".
Al participar dentro de esa querella estamos documentando lo ocurrido en
Guatemala desde 1966 como antecedentes directos de lo que después aconteció
con las dictaduras militares en el Cono Sur. En ese año surgieron en
Guatemala, por primera vez en América Latina, los escuadrones de la muerte,
el secuestro masivo de opositores al régimen, la tortura de los prisioneros
hasta la muerte y su desaparición definitiva. Incluso se inauguró la práctica
terrible de lanzar al mar, desde aviones de la Fuerza Aérea, los cuerpos
torturados de los secuestrados.
Esos crímenes
de terrorismo de Estado comenzaron en mi país 7 años antes del cuartelazo
de Pinochet y 10 años antes del inicio de la dictadura argentina. Y el círculo
se cerró, a principios de los años ochenta, con el envío de asesores
militares chilenos y argentinos a Guatemala. Esos "embajadores del
terror" llevaron a mi país las experiencias más sofisticadas en técnicas
de control de ciudadanos, secuestro y tortura de opositores; en todas esas
artes del horror a las que elegantemente les llaman "inteligencia
militar". En todo ese proceso, de principio a fin, está presente la
asesoría, el entrenamiento, el financiamiento y el equipamiento por parte
del gobierno de los Estados Unidos. El papel directo y personal que jugaron
personajes como Henry Kissinger o Vernon Walters está claramente
documentado.
Eso es lo que
denunciamos, junto a otros acusadores chilenos, uruguayos, argentinos y
paraguayos, en la querella recientemente presentada en Santiago ante el Juez
Juan Guzmán Tapia. Ahí está depositado este nuevo voto por la justicia y
en contra de la impunidad. Hay que volver a inventar la esperanza con el
optimismo de que, a pesar de los tiempos adversos que hoy vivimos, cada día
somos más las mujeres y los hombres que compartimos ese sueño.
Para empezar
a cumplir ese compromiso con el pueblo chileno y en particular con quienes
han empeñado sus esfuerzos en la lucha contra la impunidad, estaré en
Santiago el próximo martes 30 de octubre para participar en el gran evento
que los organizadores de la Caravana por la Vida han preparado en el Estadio
Nacional. Con gran emoción uniré mi corazón al de los miles de enamorados
por la vida, que tercamente nos negamos a claudicar ante el olvido.
JULIO OLIVA
GARCIA
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